Existe una fantasía muy extendida entre las personas creativas: la del trabajo terminado antes de empezar. No el borrador, no el ensayo, no el boceto lleno de cruces y flechas. La versión final. La obra completa. La que nadie podrá criticar porque ya es perfecta desde el primer trazo.

Esta fantasía tiene un nombre: perfeccionismo. Y tiene una consecuencia muy concreta: la parálisis.

"El perfeccionismo es la voz del opresor, el enemigo del pueblo. Hará que tu vida sea fría y llena de fantaseadores."
— Anne Lamott, Pájaro a pájaro

El estándar imposible

El perfeccionista no tiene miedo de trabajar. Tiene miedo de entregar algo que no esté a la altura de la imagen que tiene en la cabeza. Y esa imagen —formada por años de consumir el mejor trabajo ajeno— es inevitablemente más brillante que cualquier cosa que uno pueda producir en este momento.

El problema no es el estándar alto. El problema es que ese estándar se aplica al borrador, no al resultado final. Se exige a la primera frase lo que solo puede lograr la décima revisión.

Qué esconde el perfeccionismo

Debajo del perfeccionismo casi siempre hay miedo. Miedo a decepcionar. Miedo a ser descubierto como impostores. Miedo a que el trabajo revele algo sobre nosotros que preferiríamos mantener oculto. Si no entregamos, nadie puede juzgarnos.

En ese sentido, el perfeccionismo es una estrategia de protección. Muy eficiente para evitar el dolor del juicio ajeno. Completamente inútil para crear cualquier cosa.

Cómo salir (o al menos cómo intentarlo)

El perfeccionismo no desaparece. Pero se puede aprender a ignorarlo lo suficiente como para que el trabajo pase de la cabeza al papel. Y ese es, en realidad, el único lugar donde existe.

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